Decía Groucho Marx, con todo acierto, que la expresión «inteligencia militar» era un contra-sentido. A pesar de mi enorme gusto por Groucho desde niño, no fui consciente de esa frase hasta después de haber salido de la mili, y doy fe.
A los contrasentidos, cuando nos ponemos en plan fino, los llamamos «oxímoron». Quiero comentar uno que suele estar en boca de los voceros del gran capital industrial, a veces abogados, pero también técnicos, ingenieros y licenciados en ciencias que se olvidaron de la metodología estricta para proceder a cobrar un sueldo vinculado no a la investigación, sino a la promoción de los intereses económicos de la empresa que los contrata, es decir que se han convertido en mercenarios del pensamiento. Me refiero a la imposible expresión «evidencia científica».
No hay ciencia en lo evidente. Si hay ciencia, no hay evidencia y la verdad hay que descubrirla mediante procedimientos no evidentes. Eso es la ciencia.
Vayamos a África y pongámonos en la orilla de un charco del Serenguetti donde haya cocodrilos. Nos comerán, a las cebras, a los ñus, y al que se ponga por delante. Eso es una evidencia. Para saberlo no hace falta la ciencia, basta con lo evidente. Otra cosa sería saber por qué los cocodrilos hacen eso. Para conocer las causas profundas, es decir las que NO se ven a simple vista (lo que no es evidente), hace falta la investigación, una metodología y rutinas contrastables, etc., es decir la ciencia. Las cosas no pasan a ser «evidentes» después de una investigación científica, sino que deducimos la verdad con nuestra capacidad de abstracción y generalización. La existencia de placas tectónicas sigue siendo tan no-evidente ahora como antes. Pero la ciencia geológica ha demostrado que existen.
Los voceros del gran capital decían hace unas décadas que «no hay evidencia científica de que el tabaco produzca cáncer». A pesar del hecho incontestable de que algo pasaba. Ahora sabemos que sí, aunque, por supuesto, fumarse un tabaco no produce un cáncer ni de manera inmediata y de manera evidente.
Es obligación de la ciencia husmear en todo, cuestionarlo todo, especialmente en aquellos fenómenos nuevos donde está claro que pasa algo, aunque no sepamos el qué. Atrincherarse en una actitud pseudo-científica para apelar a la negación de «evidencias científicas» es tan acartonado, místico y anti-científico como la charlatanería que queremos combatir.
Solo un mercenario podría desentenderse de los extraños sucesos que están produciéndose allá donde hay antenas de telefonía móvil. Invocar el oxímoron «no hay evidencia científica» solo puede ser receta y comunicado de prensa de las grandes corporaciones. Nunca la habrá en el sentido literal del término: lo que tiene que hacer la ciencia es estudiar el fenómeno, enfrentarse a hechos ciertos de decenas de niños afectados en colegios cercanos a antenas, en proporciones que no eran previsibles. A la acumulación estadística de muertes por cáncer en un solo bloque de viviendas enfrente de una antena, la ciencia tiene que responder INVESTIGANDO, y no diciendo esa supina estupidez de «no hay evidencia científica». Efectivamente, a nadie se le va a superleucocitar la sangre de forma evidente por pasar delante de una antena. La misión de la ciencia es investigar y dar respuestas, no dejarse llevar de los miedos irracionales, pero tampoco de los sobres de las corporaciones ni de las respuestas de los mercenarios de sus gabinetes de prensa.
Quien realmente apele al pensamiento crítico, no puede responder de ese modo.
[El autor de este artículo, además de artista escénico, es ateo, marxista (tanto de Groucho como de Carlos), ingeniero y cientifista. Le produce aversión y eccemas inmediatos cualquier charlatanería mística y pseudo-científica].